El peligro real de los festejos populares volvió a manifestarse con crudeza en la madrugada de los San Juanes de Coria. Un serio astado de Caras Blancas de Carpio sembró el pánico en el recinto taurino, obligando al director de lidia, Juan Carlos Carballo, a actuar por puro instinto torero. Su oportuno quite evitó una tragedia mayor para un aficionado, pero le costó una feísima cogida de la que hoy se recupera a paso firme. Tras el tremendo susto, el diestro extremeño analiza lo sucedido con una asombrosa serenidad.
Físicamente, Carballo se encuentra cada día mejor, pero es en el aspecto anímico donde se muestra especialmente fuerte. Reconoce sentirse «contento por haber hecho lo que en ese momento creía que era lo mejor» y, sobre todo, muy reconfortado por la avalancha de muestras de cariño que recibe a diario. Al recordar aquella madrugada de tensión, explica que el peligro se veía venir desde que el animal pisó la plaza. Observando las reacciones del astado, vio cómo este le iba andando y cortando el terreno al mozo que intentaba recortarlo; supo de inmediato que, «en cuanto lo tuviera un poco más cerca, le iba a apretar», por lo que no hubo espacio para la duda: se impuso el instinto de acudir al quite.
La violencia del impacto fue tal que el torero confiesa que «desde el primer golpe en el pecho no recuerdo absolutamente nada hasta el hospital». Ha sido después, al visionar las imágenes de la cogida, cuando ha tomado verdadera dimensión del milagro, asegurando que solo puede «dar gracias de estar como estoy para la gravedad que pudo tener» el percance.
Esta experiencia reabre el debate sobre la invisible y arriesgada labor del director de lidia. Carballo percibe que una gran parte del público se va concienciando del peligro real que asumen en las calles y que la gente lo valora cuando las cosas se hacen bien. Sin embargo, marca una clara línea divisoria con el toreo formal, señalando que «el ritual que tiene vestirse de luces y afrontar un compromiso donde te juegas tanto es completamente distinto».
A la hora de analizar el comportamiento en los festejos populares, el diestro exime de culpa al corredor atrapado aquella noche, afirmando que él sabía lo que hacía. No obstante, aprovecha para lanzar una advertencia generalizada, lamentando que «en otras muchas ocasiones se pierde el respeto y las distancias al toro», un error grave que pone en riesgo tanto la integridad de las personas como la de los propios profesionales. En este sentido, Carballo quiere hacer justicia con un compañero de luces: afirma rotundamente que «el gran culpable de que a la figura del director de lidia se le esté respetando es Rafael Cerro», quien ha abierto un camino en los festejos populares que muchos deberían seguir y agradecer.
Respecto a los plazos para volver a los ruedos, el extremeño prefiere no obsesionarse con el calendario al no tener compromisos inmediatos que le obliguen a forzar la máquina. Su única meta actual es «estar cuanto antes al 100%» y centrar toda su mentalidad en recuperarse lo más rápido posible.
En estos días de convalecencia, el apoyo de los aficionados está siendo su mejor medicina. Carballo se deshace en elogios hacia el pueblo de Coria, un lugar donde asegura sentirse como en su propia casa cada año, pero donde este verano se ha sentido «enormemente agradecido por toda la gente de Coria y de fuera que se ha preocupado» por su estado de salud.
Finalmente, al ser cuestionado sobre la madurez que otorgan estos duros baches, el torero demuestra la mentalidad de otra pasta que caracteriza a los de su profesión. Aunque admite que nadie quiere sufrir una cogida, asume con naturalidad que son circunstancias que, tarde o temprano, llegan y forman parte del guion. Lejos de guardar rencor o mostrar temor, concluye con una emocionante declaración de intenciones: «mi mente solo piensa en estar recuperado y disfrutar de lo que la profesión y el toro te da, porque somos unos privilegiados».