La Real Maestranza vivió este jueves una de esas tardes que quedan grabadas en la memoria del aficionado. Bajo un sol abrasador y con el cartel de “no hay billetes”, Morante de la Puebla volvió a demostrar por qué atraviesa uno de los momentos más brillantes de su carrera. Tres orejas y una nueva Puerta del Príncipe coronaron una actuación llena de inspiración y torería. Juan Ortega dejó detalles de enorme calidad pese a un lote poco propicio, mientras que Pablo Aguado puso la emoción y las ganas en una tarde marcada por el triunfo incontestable del maestro de La Puebla.
La tarde no comenzó de la mejor manera para Morante. Su primer toro fue devuelto por el presidente después de evidenciar problemas de fuerza, una decisión que no gustó a buena parte de los tendidos. En su lugar salió el sobrero de Garcigrande, Lancero. Ya con el capote dejó ver que estaba dispuesto a hacer algo grande. Las verónicas tuvieron el sello inconfundible de Jose Antonio, cargadas de suavidad y gusto. Con la muleta construyó una faena de menos a más, basada en el temple y en la naturalidad. Cada muletazo parecía surgir sin esfuerzo y con facilidad, ligando tandas por ambos pitones y llevando siempre muy gobernada la embestida del toro. Tras una estocada efectiva, paseó una oreja.
Pero lo verdaderamente grande llegó en el cuarto de la tarde, Sosito. Morante cuajó una de esas faenas que sólo pueden explicarse desde la inspiración. Los naturales surgieron lentísimos, los pases de pecho fueron interminables y la plaza se abandonó por completo al embrujo del sevillano. Tras una estocada entera, Sevilla pidió con fuerza los máximos trofeos y el presidente concedió dos orejas que abrían de par en par la Puerta del Príncipe.
Juan Ortega tuvo que enfrentarse al lote menos agradecido de la corrida. Su primero fue un toro muy protestado desde los primeros tercios por su escasa presencia y por sus continuas muestras de debilidad. Aun así, el sevillano intentó siempre hacer el toreo que siente. La faena tuvo momentos de mucha pureza especialmente al natural, donde consiguió muletazos largos y remates de torería. Sin embargo, el fallo con la espada enfrió cualquier posibilidad de premio y todo quedó en una ovación.
Con el quinto tampoco encontró el material necesario para redondear la tarde. El toro tuvo poca transmisión y la faena nunca terminó de romper. Ortega dejó algunos detalles de calidad, pero el conjunto no alcanzó la intensidad necesaria para conectar plenamente con los tendidos. El silencio fue el resultado final de su actuación.
Pablo Aguado protagonizó uno de los momentos más emocionantes del festejo al recibir a su primero a portagayola. El sevillano se fue a los medios decidido a apostar fuerte y conectó de inmediato con los tendidos. Tras el impactante inicio, continuó su labor con un capote templado y elegante. La faena de muleta estuvo marcada por la disposición y el deseo de triunfo. Aguado dejó tandas de buen gusto, buscando siempre la ligazón y el temple ante un toro que permitió momentos de interés. Aunque la faena no terminó de alcanzar, la entrega del torero fue reconocida por el público, que le obligó a saludar una ovación tras la espada.
El sexto fue otra historia. El toro se vino abajo muy pronto y apenas ofreció opciones para construir una faena de triunfo. Aguado insistió, intentó sacar partido de una embestida cada vez más apagada y cerró su actuación con dignidad y firmeza. Una buena estocada puso fin a una tarde en la que el sevillano volvió a dejar patente su compromiso con la plaza.
Ficha del Festejo:
Morante de La Puebla: oreja y dos orejas.
Juan Ortega: ovación y silencio.
Pablo Aguado: ovación y silencio.